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La bahía de Ha Long, en Vietnam

La bahía de Ha Long, en Vietnam, es uno de esos sitios que aparecen siempre en las recopilaciones del tipo «Los 100 lugares más maravillosos del mundo», «Las 50 joyas que no debes perderte», «25 viajes imprescindibles», etc., etc. Y sí, es para tanto.

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Pescadores con sus redes en la bahía de Ha Long

Ha Long significa «descenso del dragón». Los vietnamitas, muy dados a las leyendas, afirman que la belleza de este lugar tiene su origen en la carrera alocada de un dragón. El mítico animal debió de entrar en el agua como un elefante en una cacharrería, y aunque su intención fue la de aplacar las corrientes marinas, en su inmersión destrozó a coletazos la montaña que tenía a sus espaldas. Así que ahora hay más de 2.000 islotes extraños, generalmente pequeños y muy elevados, con abundante vegetación y numerosas cuevas, desperdigados aquí y allá.

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Cueva iluminada al gusto vietnamita.

La bahía de Ha Long es Patrimonio de la Humanidad, pero, como casi todo en este planeta, está amenazada por la contaminación, la desaparición de los manglares, la sobreexplotación pesquera, la industrialización de las zonas próximas y la afluencia masiva de turistas.

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Trasladar turistas de un lado a otro es un medio de vida muchos habitantes de la zona.

Hasta hace unos años, para transportar a los turistas se utilizaban unos juncos con unas curiosas velas marrones, como alas de insectos, pero un accidente mortal en 1999 hizo que se prohibieran y se sustituyeran por barcos, siempre pintados de blanco, con motor. Sin embargo, internet y las webs de las agencias de viajes mantienen sus fotos con esas embarcaciones idílicas de las que no queda ni rastro.

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Barcos de turistas actualmente permitidos en la bahía de Ha Long, siempre pintados de blanco.

Alrededor de la impresionante bahía de Ha Long, hay complejos de vacaciones, numerosos hoteles y horrorosas promociones inmobiliarias. Eso sí, como en Vietnam la naturaleza es pródiga, la mano del hombre pasa más inadvertida.

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Turistas dejando constancia de su paso por la bahía de Ha Long.

La visita a la bahía se hace prácticamente siempre de forma organizada. Hay multitud de empresas y hoteles que ofertan distintos paquetes: de un rato, una jornada, dos, tres… Ojo, porque no hay internet, así que si uno elige permanecer a bordo por tiempo prolongado, probablemente sufrirá un síndrome de abstinencia.

Ha Long suele ser como una balsa de aceite, aunque también se dan los días de fuerte viento.

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Gente disfrutando de los paisajes sorprendentes de la bahía.

En las estancias organizadas a bordo de un barco, aparte de hartarse de ver el paisaje, que es lo mejor que se puede hacer, es posible contratar excursiones a cuevas, remar en kayacs o acudir a poblados flotantes de pescadores.

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Una habitante de un poblado construido sobre el agua.

En la bahía de Ha Long vive gente con pocos recursos, que tienen sus escuelas, tiendas, dispensario médico… sobre el agua. Su principal fuente de ingresos es la pesca. Pero también muchas mujeres mantienen sus barcas siempre dispuestas para llevar y traer a los turistas de un pueblo a otro, de esta playa a la de más allá, de una cueva interesante a otra inexistente.

En Vietnam llueve mucho, pero como es lógico no cae a gusto de todos. Así, mientras unos ven en los turistas su mejor fuente de ingresos, otros los sufren y se quejan de que tantos barcos llenos de mirones acaban con su pesca.

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Barqueras para turistas. Al fondo, un pueblo sobre el agua.

La bahía de Ha Long es un lugar hermosísimo. Si uno puede ir, no debe perdérselo, y mejor si es en verano, así podrá disfrutar de días soleados, y hacer fotos con buena luz, y no como me pasó a mí: todo el tiempo lloviendo y con niebla.

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Para algunas familias su barco es su único hogar.

Los mercados de Vietnam

Vietnam entero es un gran mercado donde todo se compra y se vende.

Los vietnamitas se buscan la vida como pueden y sin ningún impedimento; es decir, uno saca su mercancía y se instala en la esquina que más le guste sin que nadie le moleste. Es más, el vendedor sí puede molestar a todo el mundo, invadir la acera o la calzada con su negocio y ocupar el lugar de más tránsito, porque ninguna autoridad le quitará de en medio, le requisará la mercancía o le cobrará un canon. Eso es así en general, salvo excepciones.

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En las calles se puede comprar de todo y también comer en puestecillos al aire libre con banquetas y mesas tamaño siete enanitos. A los vietnamitas les gusta mucho alimentarse en la calle, igual que a los españoles nos encantan las terrazas; ellos dan la impresión de estar comiendo a todas horas, nosotros de beber en todo momento.

Mercados en Vietnam - Ana Cañizal

Algo muy recomendable es sentarse a beber el líquido de un coco fresco en la calle. Es de lo más exquisito, fresco, barato y agradable.

Una estampa típica

Todavía se ven vendedoras tradicionales que llevan su mercancía, principalmente de frutas, hortalizas y baratijas, en esos cestillos que cuelgan de las típicas pértigas de bambú. De este modo pueden acarrear grandes pesos, gracias a la dureza flexible del bambú. El sistema se ha utilizado siempre para transportar mercancías y materiales de un lugar a otro, pero está en franca recesión porque hoy la práctica totalidad de los vietnamitas tienen moto. Cuentan que esta especie de balanza representa la silueta del país, alargado y con dos ensanchamientos en el norte y en el sur, el río Rojo y el delta del Mekong, los lugares más fértiles donde se produce arroz. Bueno, la misma leyenda se podrá aplicar a las motos, con sus dos ruedas y el chasis, digo yo, porque hoy todo y más se lleva sobre ellas.

Mercados en Vietnam Ana Cañizal

Los mercados de Vietnam son variados, inmensos, bulliciosos y siempre deliciosos. Hay mercados nocturnos abarrotados de gente que compra a pie, en moto, en bici…; hay mercados mayoristas con cantidades ingentes de cosas extrañas para un occidental, como sacos y sacos de caballitos de mar; hay mercados espectaculares, como el de las flores de Hanoi, perfecto para deleitarse con el derroche que ofrece la naturaleza en los países tropicales.

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Mercados flotantes

Una maravilla que no hay que perderse en Vietnam son los mercados flotantes. El de Can Tho, en el delta del Mekong, es un espectáculo. Vendedores y compradores se mueven en sus barcas para hacer sus transacciones y negocios. Conviene alquilar una embarcación para visitarlo ampliamente y comprar alguna fruta.

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Es importante acudir a primera hora de la mañana, porque no dura mucho, y sobre todo, si es posible, elegir un día que no llueva, que es cuando los comerciantes tienen todas sus mercancías a la vista y no tapadas con lonas (o sea, justo lo contrario de lo que me ocurrió a mí).

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Los agricultores llevan los productos de sus huertos y ensartan lo que venden, plátanos, piñas…, en un palo de su embarcación para que se vea de lejos qué ofrecen. Parece que la venta sobre el agua no paga impuestos.

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Los vietnamitas parecen tranquilos, no se matan por vender, como ocurre en algunos países, y tampoco ceden fácilmente en el regateo, pero son tan flexibles como el bambú y se adaptan a cualquier cosa que uno pueda necesitar, a cualquier hora del día o de la noche.

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Como no todo el mundo habla inglés, la mayoría de los comerciantes tienen siempre a mano una calculadora para enseñar al comprador el precio en la pantallita o hacerle una rebaja, en dólares o en dongs, como el cliente prefiera.

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Los vietnamitas se lo comen todo

La increíble capacidad omnívora de los vietnamitas hace que resulte verdaderamente interesante recorrer sus mercados y supermercados. Siempre que se visita un país es importantísimo entrar en los mercados de abastos para alucinar con las extrañas cosas que venden y compran para su alimentación y uso personal. Es algo que ningún turista debería perderse. Y menos en Vietnam, porque los vietnamitas se lo comen todo: desde pajarracos con aspecto famélico hasta perros churruscados con pinta de rollizos cochinillos crujientes.

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Las motos en Vietnam

Dicen que los niños nacen con un pan debajo del brazo, pero los vietnamitas vienen al mundo con una moto bajo las piernas.

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Vietnam tiene el récord Guinness en la proporción de motos por habitante. Eso pone en Internet, no sé si será verdad ni si los Récord Guinness valen para algo más que para escribir frases de este tipo, pero diga lo que diga Guinness es imposible imaginar tantas motos juntas hasta que llegas a Vietnam: paradas y circulando, a todas horas y en todas las calles.

No sin mi moto

Los vietnamitas no caminan, se desplazan en moto exclusivamente. No está claro si la gente no puede andar porque las aceras están llenas de motos aparcadas o si hay tantas motos porque la gente no quiere ir andando ni a la vuelta de la esquina.

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El objetivo de todo vietnamita es poseer una moto, y si es de la marca Honda, mejor que mejor. Cuando no puede ser, vale Yamaha. A las mujeres también les gusta la Vespa porque así no se ensucian los zapatos, sobre todo en época de lluvias.

La mayoría de la gente tiene scooters y motos de poca cilindrada que utilizan para salir en familia los fines de semana, para llevar y recoger a los niños del colegio, para hacer la compra, para trabajar y para transportar todo tipo de objetos. Esas imágenes graciosas que nos llegan a nuestro correo de motoristas que transportan una nevera, un ataúd, cien mil cestas, veinte sacos de patatas… no son un fotomontaje.

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Hombres y mujeres, respetables abuelas, decrépitos ancianos y chicas con tacón de aguja conducen motos por igual. Para ellos es un artículo de primera necesidad. Así que si alguien os dice que Hanoi es la ciudad de las bicicletas, es que hace mucho que no va por allí; hoy quedan realmente pocas.

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En Saigón hay siete millones de motos para nueve millones de habitantes. En Hanoi, la segunda ciudad más importante de Vietnam, seis millones de personas disponen de cuatro millones de motos.

Lo que allí llaman «crazy hour» se extiende  de 7 a 9  de la mañana y de 4 a 7 de la tarde, pero a uno le parece que dura todo el día. Las salidas y entradas a los colegios son un espectáculo de motos cargadas de madres y niños que luchan por abandonar el enjambre.

En las horas punta, impresiona ver los ríos, literalmente, de motos que entran y salen de las ciudades. Pero lo que más impresiona es que no existan horas valle. Los centros de las ciudades están abarrotados de motoristas que se mueven incansablemente de acá para allá a cualquier hora del día o de la noche.  Prohibiciones, las mínimas  Se supone que existen normas de circulación, pero el extranjero no las ve, a menos que los vietnamitas utilicen un código oculto, tipo jugador de mus. Las motos circulan como quieren, por aceras, por los mercadillos callejeros abarrotados de gente... y siempre parecen tener prioridad.   En la moto uno puede hacer la compra sin bajarse, hablar por el móvil, merendar... Está permitido que viajen un máximo de dos adultos en cualquier modelo y que lo hagan con todos los niños que quepan. Hay mamás que llevan a sus bebes colgados o entre las piernas, hay papás con tres niños en fila a su espalda agarrados unos a otros, hay niños que van en una trona de comer anclada sobre la moto, hay matrimonios que llevan a sus dos hijitos entre medias... Los motoristas deben llevar casco obligatoriamente, pero los niños no suelen usarlo.

En las horas punta, impresiona ver los ríos, literalmente, de motos que entran y salen de las ciudades. Pero lo que más impresiona es que no existan horas valle. Los centros de las ciudades están abarrotados de motoristas que se mueven incansablemente de acá para allá a cualquier hora del día o de la noche.

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Prohibiciones, las mínimas

Se supone que existen normas de circulación, pero el extranjero no las ve, a menos que los vietnamitas utilicen un código oculto, tipo jugador de mus. Las motos circulan como quieren, por aceras, por los mercadillos callejeros abarrotados de gente… y siempre parecen tener prioridad.
En la moto uno puede hacer la compra sin bajarse, hablar por el móvil, merendar… Está permitido que viajen un máximo de dos adultos en cualquier modelo y que lo hagan con todos los niños que quepan. Hay mamás que llevan a sus bebes colgados o entre las piernas, hay papás con tres niños en fila a su espalda agarrados unos a otros, hay niños que van en una trona de comer anclada sobre la moto, hay matrimonios que llevan a sus dos hijitos entre medias… Los motoristas deben llevar casco obligatoriamente, pero los niños no suelen usarlo.

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8o km es el máximo de velocidad en todas las carreteras del país, sin excepción, y 40 Km en las ciudades. Hay pocas señales de tráfico, muy poco control y la policía no brilla por su integridad.

El atuendo motero

En las horas punta, impresiona ver los ríos, literalmente, de motos que entran y salen de las ciudades. Pero lo que más impresiona es que no existan horas valle. Los centros de las ciudades están abarrotados de motoristas que se mueven incansablemente de acá para allá a cualquier hora del día o de la noche.  Prohibiciones, las mínimas  Se supone que existen normas de circulación, pero el extranjero no las ve, a menos que los vietnamitas utilicen un código oculto, tipo jugador de mus. Las motos circulan como quieren, por aceras, por los mercadillos callejeros abarrotados de gente... y siempre parecen tener prioridad.   En la moto uno puede hacer la compra sin bajarse, hablar por el móvil, merendar... Está permitido que viajen un máximo de dos adultos en cualquier modelo y que lo hagan con todos los niños que quepan. Hay mamás que llevan a sus bebes colgados o entre las piernas, hay papás con tres niños en fila a su espalda agarrados unos a otros, hay niños que van en una trona de comer anclada sobre la moto, hay matrimonios que llevan a sus dos hijitos entre medias... Los motoristas deben llevar casco obligatoriamente, pero los niños no suelen usarlo.

Aunque hay excepciones, prácticamente todos los adultos llevan cascos; unos son de mala calidad y otros de pésima. Los hay por dos euros. Abundan las tiendas donde venden conjuntamente cascos y sombreros, sobre todo para mujeres, con un amplio muestrario en colores vivos, flores, dibujos, incluso con un gran agujero para sacar el moño.

En las horas punta, impresiona ver los ríos, literalmente, de motos que entran y salen de las ciudades. Pero lo que más impresiona es que no existan horas valle. Los centros de las ciudades están abarrotados de motoristas que se mueven incansablemente de acá para allá a cualquier hora del día o de la noche.  Prohibiciones, las mínimas  Se supone que existen normas de circulación, pero el extranjero no las ve, a menos que los vietnamitas utilicen un código oculto, tipo jugador de mus. Las motos circulan como quieren, por aceras, por los mercadillos callejeros abarrotados de gente... y siempre parecen tener prioridad.   En la moto uno puede hacer la compra sin bajarse, hablar por el móvil, merendar... Está permitido que viajen un máximo de dos adultos en cualquier modelo y que lo hagan con todos los niños que quepan. Hay mamás que llevan a sus bebes colgados o entre las piernas, hay papás con tres niños en fila a su espalda agarrados unos a otros, hay niños que van en una trona de comer anclada sobre la moto, hay matrimonios que llevan a sus dos hijitos entre medias... Los motoristas deben llevar casco obligatoriamente, pero los niños no suelen usarlo.

A menudo, las chicas llevan un sombrero de ala ancha bajo el casco, guantes y calcetines y una sudadera ligerita, todo para protegerse del sol y conservar la piel blanca. Todo el mundo, hombres, mujeres y niños suelen llevar una mascarilla de variados estampados para protegerse de la contaminación. Las venden en cada esquina.

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Cómo salir indemne de Vietnam

La siniestralidad es muy alta en Vietnam, pero no tanta como cabría pensar porque entrenarse cada día en esta jungla forja increíbles conductores. Así todo, hay anuncios, campañas, carteles… que tratan de concienciar a los motoristas sobre el peligro.

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Hay que aceptar que impera la ley del más fuete. Esto es así incluso en los escasos pasos de cebra. No debemos tomarnos a mal el que nos piten, no es nada personal, lo hacen indiscriminada y constantemente.

Cuando un motorista se aproxima a un cruce, si tiene pensado girar a la izquierda, pasa al carril opuesto y circula en sentido contrario. Así que al peatón pueden lloverle motos de cualquier lado imaginable.
Miles de motos se entrecruzan unas con otras, y pitan constantemente para avisar a los peatones, los pocos ciclistas, los vendedores ambulantes y al resto de motoristas de su presencia, como si no bastara con el ruido infernal de sus motores. Jamás respetan los pasos de peatones y en los semáforos se comen los segundos finales para salir disparados antes de que se encienda la luz verde.

Los turistas que llegan a Vietnam parecen aterrados, pero la mayoría se acostumbran pronto. Para cruzar, uno debe mirar primero pero no esperar a que no vengan motos, porque entonces pasaría sus vacaciones en la misma acera. Atravesar la calle despacio resulta peligrosísimo, pero correr es aún peor, entrar en pánico y quedarse paralizado en medio de la calle puede ser el fin. El truco está en caminar a un paso constante, ni lento ni rápido, con la decisión justa y  confiando en que los magníficos conductores vietnamitas sabrán sortear, esquivar, driblar, rodear al peatón con su habitual destreza. Casi siempre es así.

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No parece que pueda haber una solución al caos de motos, ruido y contaminación. Las ciudades son grandes y los vietnamitas muchos. Apenas hay autobuses, pero es que tampoco podrían circular por las calles de complicado diseño, marañas de cables y arquitecturas imposibles.

Cuando llegas a Vietnam tienes la impresión de que los vietnamitas están locos; cuando te vas, tienes la certeza.