Me largo

EtiopÍa

Viaje a Etiopía

Lalibela, un lugar mágico en Etiopía

Lalibela está llena de iglesias majestuosas excavadas bajo tierra, en la pura roca. Un misterio que los etíopes explican con mágicas leyendas.

Si uno viaja a Etiopía es obligatorio visitar la ciudad de Lalibela. El nombre se debe a un rey del siglo XII llamado así y, como suele ocurrir en este país, su historia se narra mezclada con la leyenda y no hay manera de separar la una de la otra.

Antes de que Lalibela fuera coronado rey, el puesto era de su hermano. Pero a Lalibela le atacó un enjambre de abejas y, aunque uno no entienda la relación, su madre lo interpretó como un aviso de que un día él sería el verdadero rey. El hermano mayor,  el reinante,  intentó envenenar a Lalibela por si acaso la madre estaba en lo cierto, pero Lalibela solo se durmió profundamente y al tercer día volvió a la vida. Durante su sueño, un ángel le había mostrado una ciudad llena de iglesias excavadas en la roca para que él hiciera lo propio en su reino. Paralelamente, el hasta entonces rey, no se sabe si asustado o arrepentido, soñó que Cristo le había ordenado abdicar a favor de Lalibela.

La cuestión es que el rey Lalibela creó una ciudad llena de iglesias excavadas en la roca que hoy se llama en su honor Lalibela.

Una maravilla del mundo

Lalibela es un  de esos lugares mágicos del planeta, una de las maravillas del mundo, equiparable a las pirámides de Egipto, según dicen los entendidos.

Se encuentra a 2.600 m de altitud, rodeado de montañas, seco y rocoso. Hace calor y es el sitio donde hay más moscas de todo Etiopía.

Algunas iglesias están protegidas por modernas estructuras para evitar su deterioro.

Es un lugar de peregrinaje para los cristianos etíopes, donde la gente acude con gran devoción a visitar sus iglesias, abiertas al culto. Algunas miden hasta 15 metros de altura o, mejor dicho, de profundidad, porque están excavadas bajo el nivel del suelo, y muchas se comunican entre sí por pasadizos, túneles y zanjas.

Las iglesias se dividen en dos grupos separados por un río; a un lado hay siete y al otro, cinco; aún existe otra algo más alejada del conjunto. En total, 13 iglesias diferentes, bellísimas y cada una con sus propias leyendas. Y también de distintas épocas, algunas datan de cinco siglos antes que las que construyó el rey Lalibela, con hasta 1.400 años de antigüedad.

Exterior e interior de una sola pieza, una sola roca.

En una se afirma que existe un pilar brillante tapado con un velo que tiene inscritos los Diez Mandamientos en griego y la historia de cómo se excavaron las iglesias, pero el velo no se puede levantar porque sería muy peligroso.

En otra hay un piscina natural que cura milagrosamente la esterilidad de las mujeres que sumergen allí, todavía hoy, colgadas con cuerdas.

Otra iglesia, donde supuestamente está enterrado el rey Lalibela, tiene poderes curativos.

Una se construyó en 24 horas, según afirman los etíopes: por el día los hombres, por la noche los ángeles, porque de no ser por ellos a la vista está que tamaña empresa no podía ser humana.

En otra hay una luz en el altar que afirman que se ve durante las 24 horas del día.

Y luego está la más famosa de las iglesias de Lalibela, una torre de 15 metros con forma de cruz que se construyó porque, al parecer, San Jorge se lo pidió personalmente al rey, molesto porque no le habían dedicado ninguna de las excavadas. Así que el rey se encargó de que le hicieran la mejorcita, y allí están las huellas de su caballo indelebles en la roca.

Lalibela, con fe o sin ella, es realmente un milagro.

Etiopía guarda la verdadera Arca de la Alianza

Los etíopes están convencidos de que su pueblo fue el elegido por Dios para guardar las Tablas de la Ley.

O al menos los etíopes creen firmemente que es así. Nadie ha podido verla jamás, pero todos juran que es cierto. Según su historia, el arca verdadera, aquella en la que Moisés guardó las Tablas de la Ley, fue transportada a Axum en el primer milenio antes de Cristo, y desde entonces este pueblo ha sido el encargado de custodiarla celosamente.

Nadie puede entrar aquí, el lugar donde se guarda el Arca de la Alianza.

Los etíopes son mayoritariamente cristianos, aunque existe también una importante población musulmana (más o menos un 30 %).  Son cristianos ortodoxos etíopes; es decir, su religión, sus costumbres, sus ritos y celebraciones son únicos y genuinos. No son coptos, aunque a menudo suela afirmarse.

Etiopía fue el segundo país del mundo en declarar el cristianismo su religión oficial, lo hizo en Axum en el siglo IV. Pero la religión se desarrolló de forma aislada hasta la llegada de jesuitas portugueses en el siglo XVI. Así que sus celebraciones son muy particulares, con influencia de los indígenas judíos etíopes, los llamados falashas.

Los etíopes celebran sus festividades el sábado y el domingo. Durante las ceremonias religiosas de las iglesias es normal ver a muchas mujeres que permanecen fuera: son las que están menstruando, que no pueden entrar “por respeto”, y también se quedan a las puertas quienes han tenido relaciones sexuales la víspera, con lo cual suele haber un ambiente de relajado bullicio social alrededor de los templos.

Dentro, en el sanctasanctórum de cada iglesia, se guarda el objeto sagrado más importante: una réplica del Arca de la Alianza, que ellos denominan Tabot, y a la que solo pueden acceder los curas, envueltos en gran secretismo y libres de miradas ajenas.

El espectáculo del Timkat

Enero es un mes muy importante en Etiopía. Se celebran muchas bodas, porque los etíopes creen que trae buena suerte hacerlo en esas fechas, y suele haber mucha gente en las calles y monumentales atascos.

También se festeja el Timkat, el 19 de enero. Ese día se conmemora la Epifanía, el bautismo de Jesús en el río Jordán cuando, según las Escrituras, se manifestó como el Mesías. La actividad religiosa de los etíopes para esa fecha consiste en sacar las arcas de todas las iglesias, bien tapadas, para que nadie pueda verlas. Los curas encargados de portarlas las llevan sobre la cabeza, envueltas en telas de colores vistosos, brillos y generosos bordados, tapadas por sombrillas decoradas con mucho cariño. Las arcas se llevan en procesión y se depositan en un lugar cubierto, lejos de las miradas de la gente. Es normal que los peregrinos pasen la noche cerca, cantando y rezando, en una especie de romería multitudinaria, compartiendo la comida con la que otros fieles contribuyen.

Al amanecer, una multitud se concentra en el lugar acordado alrededor de un estanque, una piscina… y tras una ceremonia de rezos, bailes y cánticos, los curas esparcen agua bendita  a todo el que pillen cerca.

El Timkat dejará pasmado hasta al más viajado de los turistas. Los participantes se visten con sus mejores galas, hacen sonar sus elegantes tambores, chocan bastones, gritan, cantan, saltan, bailan… en una mezcla de profunda religiosidad, jolgorio, tribalismo y folclore difícil de definir. Un espectáculo digno de verse.

¿Por qué viajar a Etiopía?

Hay muchas razones para visitar Etiopía que podemos resumir en: ¡es un país fascinante!

En Etiopía podemos conocer a Lucy, la abuela de la humanidad; visitar Axum, con sus enigmáticas estelas, algunas del siglo III; recorrer la ciudad medieval de la Lalibela, y curiosear en sus sorprendentes iglesias labradas en la roca, consideradas la octava maravilla del mundo;  explorar los castillos de Gondar, del siglo XVII; peregrinar por los cientos de monasterios que con más de mil años de antigüedad aún sirven para el culto diario; rodar en todoterreno por sus pistas polvorientas y quedarnos boquiabiertos con los antílopes, aves, lagartos, tortugas, mandriles…; navegar por sus inmensos lagos y fotografiar cocodrilos, varánidos, hipopótamos; disfrutar del lujo en su moderna capital; sorprendernos con las tribus del sur, maravillarnos ante su modo de vida absolutamente primitivo y reírnos con ellos mientras nos dejamos invitar a una Coca-Cola enfriada bajo la arena.

Etiopía es un país mayoritariamente verde y frondoso. Hay zonas desérticas, pero son las menos y están poco habitadas. El valle del Rift, que atraviesa el país, es una inmensa zona fértil, salpicada por los lagos más grandes y profundos de África,  con una fauna y flora exuberantes y una riquísima producción agrícola.

Las imágenes de niños raquíticos y hambrunas pertenecen al pasado. Puede que se encuentren en algún lugar, pero yo no las he visto. La gente tiene una vida difícil, pero no pasa hambre. (Recomiendo la lectura de un interesante libro, «Rendición o hambre», de Robert Kaplan –Ediciones B, Barcelona 2005–, que, al igual que otros autores, defiende la teoría de que el hambre no está causada por sequías, sino que es un arma política para someter a las poblaciones).

Esto no quiere decir que el viajero vuelva con la impresión de que en Etiopía atan los perros con longanizas, no. Probablemente va a sufrir de compasión en muchos momentos, se encontrará con situaciones duras, pero no verá niños desnutridos.

Hay destinos turísticos más amables. Uno puede viajar solo a países limpios y lujosos, a esos que pertenecen al llamado primer mundo, y hacer como si no existieran lugares como Etiopía. Pero se perderá mucho y no conocerá uno de los sitios más hermosos del mundo. Viajar a Etiopía, disfrutar con su belleza, sus paisajes, su arte, su cultura, sus gentes y gastar aquí su dinero también es una forma magnífica de ayudar a los que menos tienen. El turismo genera riqueza. Y en España lo sabemos muy bien.